SECRETOS UNIVERSITARIOS

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-La historia real, contada de primera mano, que narra cómo viven los jóvenes en una elitista universidad privada madrileña-

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Jueves, 26 de enero de 2006

Asturias, 8 meses antes.

FORO DE VUESTRAS ANÉCDOTAS UNIVERSITARIAS

Una vez más, aquélla mañana me había despertado completamente abatido, deseando que todo lo que me estaba ocurriendo fuese un mal sueño.

Me incorporé sobre la cama, miré a mi alrededor gracias a los tenues haces de luz que se filtraban a través de la persiana, pero todo seguía igual: aquél feo y negro gorila de peluche continuaba sentado en la silla, mirándome burlón… mis libros de Derecho y Contabilidad seguían en la mesa de estudio… y mi profunda tristeza también me acompañaba aquella mañana… ya estaba harto.

Me duché, hice la cama, me vestí y me marché a estudiar a la biblioteca municipal. Mi madre debía continuar dormida.

A medida que me acercaba a mi destino mi pulso se iba acelerando. Cada vez más. Una vez dentro debía abrir la boca para poder respirar, y notaba cómo los latidos de mi corazón golpeaban sin piedad mi pecho. A veces creía que los demás podían ver cómo me bombeaba.

El ascensor llegó a la tercera planta, se abrieron las compuertas automáticas y allí delante estaba, separada por una gruesa cristalera, la sala de estudio de la biblioteca “Jovellanos”. Ahora sentía que me iba a dar el paro cardíaco. Me encaminé, temblando, pasillo adelante, hacia mi lugar preferido, al lado de una gruesa columna. Dejé los libros. Sentía que todo el mundo me miraba, pero ¿por qué? ¿Acaso sabía toda esa gente mi historia personal? Seguro que sí.

Me dirigí a la cafetería, situada en la planta inferior, para ingerir algo caliente, ya que aún estaba en ayunas, y, al pasar de nuevo entre la gente vi una silueta muy familiar… alguien que en otro tiempo se sentaba conmigo al lado de la gruesa columna, y que, inconscientemente, estaba buscando desde el momento en que pisé la biblioteca aquella mañana. El tiempo se detuvo en aquél instante para mí, y, para variar, mi corazón se podía oir en toda la sala.

Fue sólo un instante, un instante eterno para mi. Un momento fugaz. El tiempo proseguía su curso, y yo aceleré mi paso hacia la cafetería pensando qué demonios hacía yo allí. ¿Qué clase de masoquista querría flagelar su alma cada fin de semana?

-¿Qué va a ser?

-Café y croissant, por favor –dije.

Seguía enfrascado en aquellos devaneos cuando una voz me abordó por detrás.

-¡Hombre, Navas!

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Por: Julio Navas | Personales | Comentarios (0) | Referencias (0)

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